Un respiro a la vez — Mi camino con el breathwork
La cueva
Hace casi un año, comencé mi formación en breathwork. En ese momento no sabía cuánto iba a cambiar mi vida, ni todo lo que iba a descubrir de mí misma en el camino.
El breathwork ya era parte de mi vida. Había llegado a mí durante uno de los momentos más difíciles de mi vida y, a través de mi respiración, poco a poco había comenzado a encontrar el camino de regreso a mí misma. Sabía que había algo en esta práctica que quería comprender más profundamente, así que decidí ir más allá.
No tenía idea de lo que me esperaba.
En ese momento, mi vida todavía se sentía como si estuviera en pausa. Después de perder a mi mamá, sentí que había perdido algo mucho más grande que a una persona. Había perdido esa sensación de estar protegida, de sentirme acompañada, de saber que había alguien en el mundo que siempre estaría ahí para mí. La vida sin mi mamá se sentía aterradora. Así que hice lo que sabía hacer. Regresé a mi cueva.
Mi cueva se sentía segura. Me aislé, de vez en cuando sacaba apenas un pie fuera, antes de regresar rápidamente a lo conocido. Tenía miedo de volver a abrirme. Miedo de amar demasiado. Miedo de volver a ilusionarme con la vida porque sabía lo rápido que todo podía cambiar. Y, en medio de todo eso, me di cuenta de que había estado conteniendo la respiración.
No solo físicamente.
En la vida.
Recordando mi luz
La formación me dio un espacio para comenzar, poco a poco, a respirar de nuevo. Pero no fue algo que simplemente me pasó; yo tuve que estar presente. Pasé horas aprendiendo, practicando, escuchando y experimentando. Seguí regresando a mi respiración, incluso en los días en los que no sabía qué iba a encontrar ahí.
Con cada sesión, algo nuevo salía a la superficie. A veces me sentía abierta y conectada. Otras veces me sentía emocional, insegura, expuesta, completamente fuera de mi zona de confort. Lloré. Solté. Me cuestioné. Sentí cosas que había mantenido guardadas durante mucho tiempo.
Poco a poco, comencé a reconectar conmigo misma. Me volví más consciente de mi cuerpo y de las formas silenciosas en las que había estado tratando de hablarme todo ese tiempo. Comencé a sentirme más enraizada, más presente y más conectada con el mundo que me rodeaba.
Y entonces, casi sin darme cuenta, mi mundo comenzó a expandirse. Regresó mi creatividad. Regresó mi curiosidad. Regresó mi fe. Quería bailar, crear, hacer planes, explorar y vivir experiencias nuevas. Me descubrí volviendo a emocionarme con la vida.
Y, quizás lo más inesperado de todo, me descubrí abriendo nuevamente mi corazón al amor.
En el camino, conocí personas nuevas, retomé conexiones con otras y encontré una conexión más profunda con mi familia y amigos . Cada uno se volvió parte de este capítulo a su manera.
Algunas personas me reflejaron partes de mí que había olvidado que estaban ahí. Me recordaron mi luz. Ellos no crearon esa luz en mí; simplemente me recordaron que seguía ahí.
Estoy profundamente agradecida por quienes estuvieron a mi lado, por quienes me dieron espacio, me desafiaron, me hicieron reír, me escucharon y me recordaron quién era cuando por un momento lo había olvidado. Se volvieron parte de mi camino de regreso a mí misma, y llevo conmigo algo de cada uno de ellos.
Espero que, de alguna manera, yo también haya sido ese recordatorio para ellos.
Aprendiendo a soltar
La formación también me puso frente a algo que no había entendido por completo sobre mí misma. Había estado intentando controlar demasiadas cosas.
Pensaba que tener el control era lo que me mantenía a salvo. Si podía anticipar lo que iba a pasar, protegerme, mantener a las personas a cierta distancia y no ilusionarme demasiado, tal vez podría evitar que me volvieran a lastimar. Debajo de todo eso había miedo.
Miedo a perder. Miedo a ser vulnerable. Miedo a confiar en la vida sabiendo lo rápido que puede cambiar.
Durante mucho tiempo, pensé que soltar significaba volverme descuidada o dejarme completamente expuesta. Pero poco a poco surgió una nueva pregunta:
¿Y si soltar no significaba exponerme? ¿Y si significaba confiar en mí?
¿Y si podía dejar de intentar controlar todo porque, pasara lo que pasara, yo seguiría estando para mí?
Esa comprensión cambió algo en mí. No tenía que saber qué iba a pasar. No tenía que hacer que todo fuera seguro antes de permitirme vivir. Podía dejar que las personas se acercaran. Podía amar. Podía tomar riesgos. Podía salir de mi cueva. Y si algo me dolía, podía confiar en que sabría acompañarme en ese lugar.
La seguridad no se trataba de controlar lo que sucedía a mi alrededor. Se trataba de saber que podía confiar en mí a través de todo lo que sucediera.
Aprendí que podía escuchar mis necesidades, confiar en mis propias decisiones, equivocarme y aun así regresar a mí misma. Podía abrir mi corazón sin abandonarme en el proceso.
Pero también quiero reconocer el trabajo que yo hice. Estuve presente. Dediqué las horas. Practiqué. Enfrenté cosas que me daban miedo. Me permití ser vulnerable y seguí adelante.
Este camino no me cambió mágicamente. Yo participé en mi propia sanación.
Encontrando a mi Mamá, y encontrándome a mí misma
En algún momento del camino, algo todavía más profundo cambió.
Todavía extraño a mi mamá. Todavía quisiera verla, escuchar su voz y tenerla a mi lado. Claro que sí. Pero poco a poco, comencé a encontrarla de una manera diferente.
Me di cuenta de que ella sigue conmigo; sigue amándome, sigue acompañándome y sigue siendo parte de la persona en la que me estoy convirtiendo. Su amor no desapareció. Cambió de forma.
La siento en mis recuerdos, en las cosas que me enseñó, en la manera en que amo, en las decisiones que tomo y en esos pequeños momentos que me sorprenden.
Durante mucho tiempo, asocié la seguridad con tener a mi mamá conmigo. Perderla hizo que la ausencia de esa seguridad se sintiera enorme. Pero quizá la seguridad no era algo que había perdido por completo. Quizá estaba aprendiendo a llevarla conmigo de una manera diferente.
Estaba aprendiendo a escuchar mis necesidades, confiar en mis propias decisiones, darme consuelo y crear dentro de mí una sensación de seguridad.
Crecer, sanar y volver a la vida no significaba dejar de tener miedo. Significaba convertirme en alguien en quien realmente pudiera confiar.
No convertirme en otra persona. Sino conectar más profundamente con la persona que ya soy.
Dejar que sea
Hay una frase de uno de mis libros favoritos, Wild, de Cheryl Strayed, que se ha quedado conmigo:
“How wild it was, to let it be.”
Creo que ahora entiendo esas palabras de una manera diferente.
Durante mucho tiempo pensé que tenía que mantener todo bajo control. Pensaba que tenía que protegerme de la decepción, de la pérdida y de la incertidumbre. Pero quizá lo más valiente no era aferrarme más fuerte. Quizá era aflojar el agarre.
Dejar que las cosas sucedan. Dejar que las personas sean quienes son. Dejarme sentir lo que siento. Dejar que la vida me sorprenda.
Y, sobre todo, confiar en que, si la vida no es como yo esperaba, si algo duele, no me voy a abandonar. Yo seguiré estando aquí.
Quizá eso era lo que realmente me había dado miedo todo este tiempo. No perder el control. Sino descubrir que no necesitaba tener el control para estar a salvo.
Porque yo puedo estar para mí.
Y hay algo increíblemente liberador en eso. Algo salvaje.
Un respiro a la vez
No sé exactamente qué viene después. Y, por primera vez, estoy aprendiendo que no necesito saberlo. Estoy aprendiendo que la incertidumbre no siempre tiene que significar peligro. A veces puede significar posibilidad.
Me emociona seguir creando, amando, aprendiendo, respirando, bailando y explorando. Me emociona seguir compartiendo lo que he aprendido, acompañar a otros en sus propios caminos, escuchar y crear espacios donde las personas puedan respirar, sentir, soltar y simplemente ser.
La vida sin mi Mamá todavía me da miedo. Quizá siempre será así. Todavía hay muchos momentos en los que quisiera poder tomar el teléfono, llamarla, escuchar su voz y contarle algo que me pasó.
Pero ahora sé algo que antes no sabía.
Tengo mi respiración. Me tengo a mí. Y tengo su amor conmigo.
No necesito saber exactamente hacia dónde voy. No necesito controlar cada paso. Solo necesito confiar en que, vaya donde vaya, yo voy a estar ahí.
Quizá eso es lo que significa finalmente dejar que sea.
Respirar.
Confiar.
Vivir.
Un respiro a la vez. 🤍